Sol(edad)

Era de la inmediatez y cada día la soledad toca a la puerta de más almas.

No somos imprescindibles. Me lo ha demostrado la ausencia. 

La ausencia de quienes huyen, de quienes sin ‘adiós, hasta luego’ se van de espaldas. Sin ni siquiera dar la mano en la caída, sin acompañar hasta la ida.

No somos imprescindibles, aunque nos inciten al sí. No somos de, ni para nadie. No somos la media naranja, ni tampoco el polo opuesto de un alguien; perdido, en los Alpes o en los Apalaches.

No somos el fin, ni tampoco los medios. Somos lo que queramos ser sin cordura, pero lo que no somos cuando se gira y camina; de frente, con principios.

Me lo ha demostrado mi amiga, la que en las tardes de lluvía me leía a medio ahogándose en lágrimas y versos. 

La soledad, ya sabéis, nunca se llevó con la triste lluvia, siempre tan incitante al calor entre dos, siempre la propensa a juntar(nos).

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